DE ESCÉPTICA A LÍDER

PALENQUE, CHIAPAS (ENERO 2020). Noemí tiene 21 años con su plantación de palma de aceite en la comunidad del ejido Miguel Hidalgo II, en el municipio de Palenque, Chiapas. Hace poco más de un año, cuando le dijeron que había que certificar sus plantaciones bajo el estándar de pequeños productores de la Mesa Redonda sobre el Aceite de Palma Sostenible (RSPO, por sus siglas en inglés), fue de las productoras que se opuso a la medida. “Por flojera, la verdad. No quería hacer las reuniones, no quería firmar para conformarnos como sociedad. La verdad es que estaba en un error. La certificación nos ha ayudado mucho. Ojalá tuviera más terreno, para sembrar más palma”. Ahora, es la presidenta de la sociedad de palmicultores de su comunidad.

 

Su nombre es Noemí de la Cruz Paniagua y cambió las jeringas por los machetes. Esta mujer de 72 años trabajó como enfermera en la ciudad de Palenque. Pero hace dos décadas, cuando un programa gubernamental le ofreció un apoyo para sembrar la palma, dejó la cofia y las jeringas para arremangarse la blusa y comenzar a labrar el campo.

 

Sin embargo, las cosas no fueron buenas al inicio. “Nosotros cortábamos los racimos, muy al principio. No había industria ni nadie que te comprara”. Cuenta que los frutos se echaban a perder en el campo porque ni siquiera había personas interesadas en la compra del fruto cerca de su palmar y tenía que ir a la ciudad a venderlo (a 350 km de distancia). Se pagaba 300 pesos por tonelada, “pero como la palma daba mucho porque siempre llovía, pues sí nos convenía ir a venderla”. Ahora es distinto: en el mes de enero de 2020, la tonelada de fruto se pagaba en casi mil 800 pesos. Y ahora la industria ya tiene toda una cadena de producción que evita que haga gastos fuertes, como llevar el fruto a la ciudad. Muy cerca de su palmar se encuentra la planta de Oleopalma donde lleva a vender su fruta.  

 

Escuchar a Noemí es escuchar la reflexión que se combina con carcajada de quien sabe que estuvo en el error. Gracias al proceso de certificación, un esfuerzo integrado del Programa Holístico, ella sabe que sus vecinos no son su competencia sino sus aliados. “Tengo 21 años con mi palma y nunca me había reunido con mis vecinos”. Ahora se han conformado como una sociedad de pequeños productores donde ella es la presidenta. Hay una comisión de vigilancia donde su vecino Miguel Ruiz es el secretario. Juntos deliberan el futuro de la organización. Mes con mes, se reúnen para tratar diversos temas.

 

Ahora, gracias a la certificación, han recibido capacitaciones en donde han aprendido que deben dar herramientas de seguridad a sus empleados. También entienden la importancia de que sus palmares estén ordenados y limpios. “Yo voy todos los días a mi palmar, ahí me doy cuenta si necesita chapearse”, es decir, arreglar el cultivo.

 

La exenfermera hoy dedica sus tardes a caminar sus plantaciones. Si pudiera, le enseñaría a Rolando y Rosy, sus dos hijos, todo lo que ha aprendido con el proceso de certificación. Les diría, por ejemplo, que un cultivo limpio es un cultivo mejor administrado. De esta manera, sus hijos aprenderían lo que su madre: identificar cuáles secciones del palmar están listas para ser cortadas.

 

También se darían cuenta de cuáles plantas podrían tener algún tipo de plaga. Dice Doña Noemí que la limpieza sirve hasta para ver a sus empleados. Un terreno limpio es sinónimo de mayor rendimiento.

 

Noemí vuelve a sonrojarse cuando recuerda que ella, pensando que su palma era vieja, comenzó a tumbar algunas matas. Pero con los estudios que se desarrollaron para ver las capacidades del suelo, los técnicos que asisten a los productores le recomendaron que mejor los fertilizara. Hoy, junto con sus compañeros, han comenzado a hacer un ahorro conjunto para comenzar la fertilización de sus campos. Esto podría asegurarles más vida a sus palmares y, por consecuencia, una mayor productividad y periodo de ganancia antes de pensar en la resiembra.