MÁS OPORTUNIDADES PARA LAS COMUNIDADES RURALES

PALENQUE, CHIAPAS (ENERO 2020). El profe Miguel Ruiz Pérez forma parte de la comunidad del ejido Miguel Hidalgo II. Se confiesa como un incrédulo de la planta, incluso de todo el campo. Su plantación es reciente, la puso apenas hace poco más de ocho años.

 

Este hombre ha dedicado su vida a compartir conocimiento entre las aulas. Fue un impulsor de la docencia en su comunidad. Y ahora que se ha retirado, le gustaría demostrarles a sus hijos Miguel, Sayde y Carmen que él todavía tiene mucha energía para usarla en lo que mejor sabe hacer: la aplicación de los conocimientos adquiridos.

 

Junto con varios de sus vecinos, donde los potreros eran el común denominador en la zona, dudaba que la palma de aceite pudiera ser negocio. Hoy se tiene que tragar sus palabras, pero lo hace con filosofía. Sabe que en un mundo como el de hoy, los precios del mercado no son regulados por ningún gobierno. Por eso ve el proceso de certificación RSPO como una manera de vender calidad.

 

En 2019 las precipitaciones en Chiapas no fueron las que hubieran deseado los palmicultores. Saben que el agua es el principal motor de empuje que hace que los frutos se reproduzcan en las partes altas de la palma, sin embargo, la asistencia técnica y la capacitación promovida por el Programa Holístico, les ayuda a prepararse mejor ante la sequía, y aun con poca agua de lluvia, sacarle buenos números a su plantación.

 

Aunque la agricultura no era su profesión y mucho menos un oficio heredado, para el profe Miguel la experiencia de trabajar el campo le ha cambiado la manera de ver su palmar.

 

En 2010, la Comisión Nacional del Agua registró un récord de las lluvias que hubo en Tabasco y Chiapas. Sin embargo, la falta de agua será un problema cada vez más cotidiano debido a los efectos del cambio climático. En aquel entonces, la abundancia no fue bien administrada. Ahora, el proceso de certificación busca ayudar a los productores a que se administren mejor ante las carencias, pero también para que disfruten mucho más la época de zafra, pues habrá mejores rendimientos.

 

“Antes no había quien fertilizara, era la naturaleza nomás la que nos daba, pero llovía mucho, llovía unos ocho meses al año, y la palma nos daba unos racimos de 80 o 90 kilos” comenta Miguel. Gracias a la certificación, hoy las plantaciones de palma tienen la oportunidad de regenerarse y sacar más provecho de las limitaciones que existen en nuestros días.

 

Como buen maestro, Don Miguel puede enseñarles a los más jóvenes y darles empleo para que haya progreso en su comunidad. Además, sus hijos empiezan a interesarse más en los cultivos de palma y buscan información de los procesos de siembra en otros países. “El programa nos ayuda, claro que nos ayuda. Porque ya uno va viendo qué cortar, dónde cortar, cómo cuidar las hojas. Es todo un proceso.”